El verano. Estación de luz, sol, alegría y vacaciones, donde el anhelo de libertades estivales aviva los corazones de todas las criaturas. Pero si nos fijamos con atención, tiene un punto muy curioso de tortura maquiavélica donde las haya.

Te despiertas por la mañana preguntándote quién será el capullo que te ha vaciado un cubo de agua en la cabeza, pues te despiertas sobre un lago que, tras recuperar la consciencia y escapar de Morfeo, descubres que no es otra cosa que una extensión de las cataratas que afloran alegremente por tus infinitas entradas.

Toda una antítesis de lo que se conoce como "sueño húmedo".

Afortunadamente, soy un tipo de los que se dice "de frente ancha". Vamos, que en lugar de dos dedos de frente, dispongo de dos fabulosas pistas de aterrizaje (y de un pequeño helipuerto también en mi polo norte, dicho sea de paso). Y cuando mis azuladas pupilas consiguen distinguir la imagen del espejo, las puedo contemplar tan brillantes como si hubieran pasado cera.

¡Y es que hace una calor que ni nos damos cuenta! Así que la solución es una buena ducha matinal para refrescar un poco.

Entras.
Te duchas.
Sales.
Te secas un poco con la toalla.
Y la maldita gota de sudor vuelve a deslizarse por la pista 1 ("internacionales" la llamo yo).

Mosqueado, te metes de nuevo bajo el chorro de la ducha.

La perra se mosquea al otro lado de la puerta mientras el gato (fijo) se descojona de ella.
- ¡Guau! ¡Guau! ¡Guauuurg! (¡Tú, mamón, que ya te has duchado una vez y quiero bajar!)
- ¡Espera un segundo, por amor de Ozzy, que no tardo nada!
- Marrauuuu, Mauuuu (¡Jua, jua, ya puedes fregarte el culo con las baldosas, que este no sale en un rato, perruna!).
- Guaurrf (¡Pues no te rías tanto, que la arena la tienes dentro del baño!)
- ¡Va, dejadlo ya, que ya termino!

Tras un apresurado remojón extra, intentas afeitarte. Y ya es algo mágico, como si la Noche de Sant Joan hubiera marcado ciertas maldiciones. Y es que apenas te pones la espuma de afeitar, aparecen sendas gotas en las pistas 1 y 2, compitiendo por llegar a las cejas.

Total, que terminas de afeitarte, tienes la frente como al principio y desarrollar el poder de Daredevil para poder terminar de afeitarte a ciegas (no veas cómo pica el sudor en los ojos).

Tras aclarar el afeitado y aprovechar para echarte más agua si cabe en la cara, te vistes e incluso crees que por fin te has refrescado. Pero, ah, la hija de Cerbero está al acecho, y consigue que un camino de apenas cinco metros hasta su correa sea toda una odisea. Creo que si lo filmara y le pusiera la música adecuada, podría parecer un buen imitador de Fred Astaire en "Sombrero de Copa".

En cuestión de dos minutos, estás caminando por los parterres con la perra tirando de ti como posesa mientras en tu mente, cachonda para estas situaciones, te recrea rememorando los pasajes de "Escuela de Calor". ¡Y mira que les encuentras buen significado a esas estrofas!

Apenas diez minutos después te encuentras en ayunas, con toda la ropa limpia completamente chorreando, perra y gato relajados al lado del aire acondicionado y tú pensando en si te duchas, si te cambias o desayunas en respuesta a la intro de la Metro Goldwyn Mayer que se reproduce en tu estómago.

Así que mientras vuelvo a echarme agua y a secarme con esa toalla maldecida por el Diablo (no sé cómo consigue quitarme el agua y darme calor a la vez), me dirijo a una cafetería, a ver si tomando un café con leche al fresquito, me tranquilizo y salgo de esta pesadilla.

Existe una teoría formulada por un servidor, pero que a buen seguro comparte gran parte de la humanidad, por la cual los camareros de cualquier restaurante del universo tienen la hábil tendencia a ofrecerte los café con leche matutinos con varios grados Kelvin por encima de la tasa aceptada por el organismo humano. ¡¿Tan difícil es entender que quiero la leche templada?! Y aunque cada día me olvido, un día de estos realmente bajaré con los guantes de esparto para poder sujetar la taza mientras leo el periódico. Un periódico que, evidentemente, termina con varias gotas de sudor marcando diversos puntos estratégicos del rotativo.

Y ya de vuelta a la rutina, te plantas delante del ordenador, donde tras cinco o seis intentos del gato por tumbarse en tu regazo para traspasarte toda su calor corporal posible, decides resignarte una vez más a tu destino. Eres nada menos que una fuente viviente capaz de expeler todo tu hirviente desayuno por tu frente en tiempo récord mientras tecleas a velocidad del trueno.

Pero al final sonríes. Volverás a la ducha tarde o temprano, volverás a poner a prueba tu capacidad de deshidratación, harás frente a los problemas de siempre con los azotes del calor agobiante y conservarás tu cordura... pues en verano siempre se ve todo más claramente, más luminoso.

Como un símbolo de esperanza.

Como dos flamantes y brillantes pistas de aterrizaje dignas de Nicholas Cage.