Bryan Q. Miller se nos vuelve a descubrir en esta colección como un gran artista del humor al tiempo que consigue historias tan coherentes y aceptables para el Universo DC como para no caer del peldaño del humor al de lo absurdo o chabacano.
Y es que este tipo de historias recuerda un tanto a cómo se trataba a aquella Justice League de Maguire, tal como dije en la reseña del número anterior, o cómo se enfocó en su día la colección She-Hulk: Aquí, Batgirl sigue siendo esa adolescente cuya madre no sabe que es una superheroína y que, tal cual si fuera un episodio de Buffy Cazavampiros, recibe la inesperada y agradable visita de Supergirl.
Como si fuera una amiga más de la Facultad, ambas deciden pasar juntas el viernes por la noche, como dos adolescentes normales. Supergirl está emocionada porque se ha engullido todo tipo de películas de adolescentes universitarios, y tiene un concepto algo exagerado de lo que es la vida de un campus. Pero las circunstancias le irán dando la razíon, pues un desafortunado experimento dará vida a más de una docena de Dráculas, versión Boris Karloff, que no son más que recipientes animados a base de fotones.
Quizá lo divertido es que dentro de lo sencillo que es acabar con ellos, deben emplear un ingenio que ciertamente se parece a una estaca, por lo que tenemos un episodio clásico de Buffy Vampireslayer protagonizado por nuestras dos superheroínas adolescentes por excelencia.
Escenas divertidas las hay a puñados: fotomatones, el momento en que Supergirl descubre su traje y ve que su amiga no suele llevar su disfraz debajo de la ropa de calle, porque es absurdo vestirse así, las sensaciones de Kara con las gafas 3D... Otro sobresaliente para el guionista Bryan Q. Miller, así como para el dibujante Lee Garbett, que ha sabido reflejar a la perfección todas esas expresiones de las chicas en cada una de sus peculiares vivencias de este número.


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