Leo y releo las pocas líneas que ayer os puse respecto a mi sensación de identificación con la personalidad de Gregory House, y me quedo con la sensación de que estoy pasando por una etapa extraña.
¿Por cumplir los cuarenta recientemente? No, no creo que se deba a eso. Bueno, todo importa, y las neuronas tengo entendido que mueren a un ritmo acelerado (especialmente después de ver ganar al Milan en una demostración de que no siempre el bueno de la película sale victorioso), y si mueren tan deprisa, es normal que haya ciertas disfunciones en un servidor. Puede ser que esté falto de objetivos y retos potentes, y por eso actúe de forma tan irónica. ¿Debería escribir de una vez esa novela? ¿Tendría que huir a un monasterio tibetano?
No, puede que simplemente esté en estado de gracia y no necesite nuevos retos a corto plazo.
Pero ya veréis cómo suena alguna sirena, como alguien vuelve a secuestrar un avión en Navidad justo cuando estoy en el lavabo, o cómo descubro por casualidad alguna trama de evasión de divisas.
Mientras tanto, lo que no me quito de la cabeza es aquella maldita guitarra acústica que vi por cien euros en un cash & converter´ (¡será míaaaa!), y en dónde diablos he metido el teléfono del afinador de pianos.
Ya puestos, si alguien conoce una finador de pianos baratito...